Cada año se producen unos 400 millones de toneladas de plástico en el mundo. Una proporción significativa termina como basura, muy renuente a la degradación. Un microplástico tiene entre cinco milÃmetros y un micrómetro de tamaño. Las partÃculas más pequeñas, desde un micrómetro hasta 100 nanómetros (nm), se definen como submicroplásticos y las menores de 100 nm se llaman nanoplásticos. Tanto los microplásticos como los nanoplásticos se forman por la descomposición de piezas más grandes, desde bolsas de la compra hasta los neumáticos de un automóvil o cuando se lava una prenda de fibra sintética o se desechan unas lentillas. También hay microplásticos en muchos productos de autocuidado como la pasta de dientes y los exfoliantes.
La sensibilidad ambientalista los ha puesto en el centro de la contaminación de los océanos y de sus habitantes, del agua que bebemos y de los alimentos. Un pequeño análisis presentado en octubre pasado en el congreso europeo de GastroenterologÃa por un equipo de la Universidad de Viena halló en las heces de ocho personas de varios paÃses nueve plásticos diferentes, con un tamaño de entre 50 y 500 micrómetros: en promedio, encontraron 20 partÃculas microplásticas por cada 10 gramos de heces. Y otro trabajo publicado en 2016 en Marine Pollution Bulletin por un equipo de la Universidad de Plymouth calculó que una carga de lavadora de 6 kilos expulsa 138.000 fibras de poliéster-algodón, 500.000 de poliéster y 730.000 de acrÃlico.
Restos de microplásticos se han aislado en muchos peces y mariscos, en la sal, el azúcar y la cerveza, de donde pasarÃan al cuerpo humano. Se sospecha que cuando se degradan adquieren nuevas propiedades fÃsicas y quÃmicas que aumentarÃan sus efectos tóxicos, lixiviando por ejemplo ftalatos y bisfenol A, dos interruptores endocrinos. Se les culpa además de procesos inflamatorios y de atravesar las barreras celulares, incluida la hematoencefálica y la placenta, causando cambios en la expresión genética y reacciones bioquÃmicas, según algunos estudios de Anderson Abel de Souza, del Instituto Leibniz de BerlÃn.
Pero por ahora no hay más que suposiciones. Según la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria, los estudios disponibles en roedores muestran que la absorción intestinal de microplásticos es muy baja: solo los menores de 150 micrómetros cruzarÃan la barrera intestinal, y según ensayos en ratones atiborrados de partÃculas de 1 a 10 micrómetros solo se hallaron esporádicamente en las células epiteliales intestinales.
“En realidad, aún no está del todo claro cuán peligrosos son los microplásticos para los organismos vivosâ€, explica este mes en Trends in Analytical Chemistry Natalia Ivleva, de la Universidad Técnica de Múnich, que ha desarrollado nuevos métodos analÃticos para la identificación y cuantificación de microplásticos. “Los organismos acuáticos y otras especies, incluida la humana, pueden absorber partÃculas microplásticas. Pero eso solo no prueba la toxicidadâ€. Al principio, cuando los investigadores se dieron cuenta de que el microplástico invadÃa el medio ambiente, se utilizaron métodos ópticos para distinguirlo de otras partÃculas en una muestra determinada. “Desafortunadamente, este método no es muy fiableâ€, añade Ivleva. “Cuando miras una partÃcula menor de un milÃmetro, es difÃcil discernir si es un grano de arena o un microplástico. Se ven muy similares a ese tamañoâ€. Bajo los auspicios del proyecto MiWa, financiado por el Ministerio de Educación e Investigación de Alemania, analizaron unas 3.000 partÃculas de una muestra de agua tomada del rÃo Elba. “Comprobamos que solo una de cada mil partÃculas de la muestra era en realidad de plástico. Junto con partÃculas minerales, también habÃa gran cantidad de material orgánico. Por eso es de suma importancia desarrollar métodos de análisis fidedignos y estandarizados; de lo contrario, no hay manera de comparar diferentes valores de una muestraâ€, lo que conduce a resultados dispares en los experimentos.
Ivleva explica que para analizar muestras de microplástico emplean el análisis térmico combinado con cromatografÃa de gases y espectrometrÃa de masas. “Los métodos espectroscópicos determinan tanto la huella dactilar quÃmica como el tamaño y la forma de las partÃculas. Y la microespectroscopia infrarroja distingue partÃculas hasta de 20 micrómetrosâ€. En su Instituto de HidroquÃmica emplean sobre todo el análisis microscópico Raman. “Con él podemos determinar si una partÃcula está hecha de polÃmeros sintéticos, y de qué tipo, o si es una sustancia natural como la celulosa o el cuarzo. Y si combinamos la potencia de un espectrómetro Raman con un microscopio óptico normal, podemos analizar partÃculas de un micrómetro o incluso más pequeñas. Asà hemos podido confirmar la presencia de microplásticos en el tracto digestivo de las pulgas de agua y en los mejillonesâ€.
Pero hasta que no haya métodos estandarizados y muestras comparables no se podrán atestiguar los efectos negativos de la contaminación microplástica en el medio ambiente, o en humanos y otras especies. Una revisión de 320 estudios realizada por la Universidad de York y publicado en octubre pasado en Environmental Toxicology and Chemistry concluÃa en esta lÃnea que las concentraciones de partÃculas detectadas en los entornos naturales son demasiado pequeñas para afectar a la alimentación, reproducción, crecimiento, inflamación y mortalidad de los organismos vivos. “Hay por ahora escasas pruebas para sugerir que los microplásticos están causando impactos adversosâ€, concluÃa Alistair Boxall, director del análisis.
Todo esto no significa que no haya que ir limitando la producción y el consumo de plásticos. “Pero no hay que prohibirloâ€, concluye Ivleva. “El plástico es un material increÃblemente versátil y tiene muchas ventajas sobre otros. Y la responsabilidad de su uso moderado no corresponde solo a los fabricantes: nosotros como consumidores tenemos que ser más juiciosos en la forma en que lo usamos, reutilizamos, reciclamos y desechamosâ€.
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