En la facultad nos enseñan a hablar de ‘disnea’, ‘astenia’ o ‘parestesias’. Pasamos años memorizando étimos griegos y latinos para que nuestra comunicación con los compañeros sea precisa, unívoca y universal. Pero el primer día de consulta descubrimos que la vida no se manifiesta en griego ni en latín, sino en un castellano vibrante y, a veces, desesperadamente poético. El paciente no tiene disnea de esfuerzo clase II; el paciente te dice suspirando: «Doctora, es que me canso de cansarme».
Este Laboratorio del lenguaje nos ha enseñado durante años que la precisión es sagrada. Sin embargo, a menudo olvidamos que el paciente es un creador de términos por pura necesidad de supervivencia. Donde el médico ve un síntoma, el enfermo siente una metáfora.
Una de las tareas más fascinantes del lenguaje médico es la traducción inversa: del vulgarismo al diagnóstico. ¿Quién no sonreiría ante un «dolor de melsa», un «aire que se le ha quedado enganchado» o un «runrún en el oído»? Pero cuidado con despreciar estas expresiones por considerarlas imprecisas. Cuando un paciente dice que tiene «la boca como un estropajo», está dándonos una descripción de la xerostomía que ningún tratado de semiología podría igualar en plasticidad.
El lenguaje popular es, además, un refugio contra la solemnidad del hospital. En nuestra geografía, hemos convertido las enfermedades en entes con voluntad propia: «Me ha dado un aire», «Se me ha subido la bola», «Tengo la sangre floja» o el siempre enigmático «cuerpo cortado». Hay una sabiduría oculta y una historia social en esa jerga que a veces se nos escapa por las rendijas de la historia clínica electrónica.
Pero el lenguaje también es un arma de doble filo. Existe una jerga de hospital, casi clandestina, que usamos para clasificar lo inclasificable. Términos como ‘socialitis’ (para ese ingreso que responde más a la soledad que a la patología) o el ya clásico ‘fibromialgia’ (que durante años fue usado por algunos como cajón de sastre, a veces con injusta carga peyorativa).
Navarro nos ha advertido mil veces sobre el poder de las palabras para estigmatizar. El lenguaje no solo describe la realidad, sino que la construye. Llamar a un paciente «un epiléptico» en lugar de «una persona con epilepsia» parece un matiz de tiquismiquis, pero es la diferencia entre definir a alguien por su esencia o por su circunstancia vital.
Aprovechando que estamos en verano y las consultas dan un breve respiro, les invito a agudizar el oído. No solo para auscultar soplos, sino para recolectar esas joyas lingüísticas que nos dejan los pacientes en la silla. Porque, al fin y al cabo, la medicina no es solo ciencia; es el arte de ponernos de acuerdo sobre qué significa exactamente que a uno le «duela el alma».
* * *
Alba Ballestar es traductora; máster en traducción médico-sanitaria por la Universidad Jaime I (UJI).
Un viaje al corazón de la jerga de los enfermos, donde las metáforas populares desafían el frío tecnicismo para sanar desde la empatía. On Alba Ballestar Off